Tierra del sol amada

€ 2,99

Tierra del sol amada a menudo se conoce como la novela que José Rafael Pocaterra escribió por amor a Maracaibo. No se puede negar que la novela se lee como una clara descripción de la ciudad de principios del siglo XX, casi como una guía de viajes. A través de los ojos del beaumonde de esa época, cruzamos plazas, caminamos en las calles, visitamos el Casino y participamos de la vida de la clase alta.

Sin embargo, esta novela es más que una guía de viajes de la modernidad temprana. Pocaterra es ante todo un realista social, un precursor del Nuevo Periodismo. Su enfoque permanece, como en todos sus libros, en las personas y sus tragedias, en el impacto que sus elecciones tienen en su entorno y en cómo entablan relaciones. Si los editores de este libro se involucraran en generalismos y juegos de palabras, preferirían describirla como una obra sobre el amor en Maracaibo, vivido por el joven protagonista Armando.

Esta edición se basa en la versión de Edime (Madrid-Caracas) de 1956, editada por el autor para Obras Selectas. Cada vez que fue apropiado, agregamos notas de pie y actualizamos la ortografía al español moderno, sin embargo, mantuvimos intacto el estilo colorido de Pocaterra, sus “venezolanismos” y sus juegos de palabras en el lenguaje regional.
Esperamos que esta nueva edición de un clásico venezolano les traiga alegría y calidez.

Nota del autor

En sus memorias, Pocaterra nos cuenta algunas de las circunstancias en las que se escribió Tierra del Sol Amada, que compartimos aquí.

A mediados del año ‘18, mientras preparaba la edición de una de mis novelas, me trasladé definitivamente a Caracas. Mi seguridad corría peligro entre los bárbaros que había traído Matute Gómez. Ya antes de llegar éstos, un bandolero local tuvo que pasarse algunas semanas en el hospital con los hombros atravesados de un tiro y por causas que él conoce y que no quiso decir al juez... En diversas oportunidades me vi obligado a repeler agresiones de todo género, desde el suelto insidioso en la prensa hasta el ebrio que provoca inesperadamente y a quien se le pasa la ebriedad en el momento del riesgo. Tierra del Sol Amada es el reflejo fiel de un momento psicológico e interesante de aquella provincia en donde duermen gérmenes de una energía extraordinaria para el bien o para el mal. Con una torpeza inexplicable — no del Zulia precisamente sino generalizada en todo el país — las víctimas del despojo extraño y del atropello de los intrusos se vuelven contra los propios vengando en nosotros lo que no saben o no pueden cobrar de los que les ultrajan. Este curioso fenómeno es una solución de alacrán: como el arácnido terrible, hincan su ponzoña en sí mismos al verse rodeados de fuego. Mis libros, buenos o malos, no son para que los juzguen cacógrafos displicentes o críticos aliñados en la pasividad y el pesebre fácil y tranquilo. Son resultado de la fiebre ambiente, del dolor, de la injusticia, de la reacción profunda y sincera. Son músculos vivos y sueltos que la ten dolorosamente al aire libre. Por eso estoy divorciado de una generación de literatos convencionales, escritorzuelos de la clase media mental. Mis lectores están entre los hombres que sientan la purificación de la cólera y la responsabilidad de la requisitoria y que han sufrido la injusticia y la persecución en su carne y en su alma. Mi público es el pueblo rudo y bajo que me ha visto siempre a su lado, no por demagogia ni por utilitarismo, como nos dicen los aderezadores de adjetivos oficiales — ¡qué prestigio artístico pueden conferir los ignorantes y los humildes! — sino porque por encima de lo útil está lo verdadero y la suprema virtud del arte, es la verdad, aun rasgando “el diáfano manto de la fantasía”. Aparte los mandatos civiles obedecidos, cada uno de nosotros ha sabido cumplir el deber social de no ser un chupóptero ni una carga, y dentro de los más modestos radios de acción, al gesto público corresponde la dignidad personal de la vida privada, del trabajo honesto, de la posición ganada al destino bajo cielos lejanos... Los hombres de esta época debemos sentar como axioma que el venezolano que no sabe ni puede luchar y mantenerse, sin echar mano a petigüeñerías para revoluciones fantásticas, declarándose “víctimas” en el destierro, o en el disfavor oficial dentro de la patria, no pueden pretender que se les tome mañana en cuenta a la hora de la reconstrucción. Para reformar hay que estar reformado; para poner ladrillos es menester tener el puño hecho a trepar el andamio. ¡Nada más triste, más deplorable y disolvente que estos opositores hambreados con los cuellos sucios, sirviendo hasta en empresas adversas a los fines de la regeneración nacional, que apestan a anarquía en las bocacalles de Nueva York o en las soleadas dársenas de las Antillas!

Una nueva racha de alcohol... Vagamente Armando veía luces, rostros, una de puñetazos, el semblante airado, la policía, en mitad de la calle “¡o se van o ruedan!”... “¡Ni un pelo de nada!”..., continuaba vociferando Pinillos. Luego sintió que le atapuzaban el sombrero y le metían en un coche...

¿Adónde le llevaban? No sabía. Sentíase sin voluntad, sin palabras, sin piernas... Un olor a humedad, a mugre, una boca que le besaba los labios, en la oscuridad, sobre no sabía qué yacija, y unos brazos que le sacudían... “Despiértate, flojo”, “vamos, negrito”... De un manotazo se quitó aquello de encima y quedóse dormido como un leño.

Cuando despertó, miró asombrado a todas partes: las ropas tiradas por el suelo; un tabique de lona roto; paredes leprosas; por una ventanuco entraba un sol meridiano que le hacía entornar los hinchados párpados; cerca de la hamaca donde yacía, un camastro de ropas revueltas e inmundas, y en él, echada de bruces, desnuda, una mujer dormía sosteniendo con la crispada mano uno de los pechos morenos, estropeados por el oficio. Bajo el otro brazo, ocultaba el rostro entre un torbellino de cabellos negrísimos... Por un instante sus ojos quedaron presos en la gracia de líneas de aquella carne triste, única forma armoniosa del tabuco infame... La boca le sabía a demonios, y trató de incorporarse, de buscar agua como un envenenado; la sed le quemaba las entrañas.

La mujer dormía profundamente. Vistióse él, rápido, asqueado de todo aquello, loco por salir de allí cuanto antes...

¡Maldita borrachera que le había dejado en aquella casa hasta el mediodía! ¡El “sinvergüenza” de Pinillos tenía la culpa!

Disgustado, viéndole que dormía, buscó en sus bolsillos un billete que tirarle... Nada: la cartera vacía. Apenas en el pantalón uno de esos saldos de dinero, con muchos realitos y lochas, tres cajas de fósforos, el pañuelo vuelto un harapo sudoroso... ¡Robado! Allí...

— ¡Caray, y de smoking a esta hora!

Una cólera sorda contra sí mismo, contra la infeliz hembra rendida por el aguardiente, se apoderó de él. Le dio una palmada en la cadera:

— ¡Eh!, chica; alza, ¡ladrona!

De un salto ella se sentó al borde del camastro. Pasóse la mano por los ojos legañosos, asombrados:

— ¡Tú...!

Era Carmen. Nada pudo decir él al pronto.

La muchacha tiró de las ropas y se cubrió. Al verlo, el pudor renacía en ella más fuerte que un largo año de prostitución.

— ¿Vives aquí? — preguntó él, sin hallar otra frase, desconcertado.

Los labios de ella se desdibujaron en una mueca amarga:

— ¡Sí; aquí he venido a tener! — y como evitando dar cuenta de algo que existía entre ellos, de una muda pregunta que creía adivinar en los ojos del padre de su hija, y que éste, sin quererlo, dejaba reflejar en ellos, habló resuelta, con un tono canallesco, insolente. Había perdido el antiguo acento honrado de la voz y sus palabras llenas de modismos, burdelescas, enronquecidas por el vicio, por el desprecio de sí misma, por la amargura, le relataron brevemente cómo llegó:

— Borracho perdido; entre el cochero y ese tal Penillos, Peinilla, ¡qué sé yo cómo se llama el diablo ese que todavía debe estar durmiendo la rasca con la “Tapa e Frasco”! ¡Puerco!

Fue en la madrugada, y como la casa estaba a oscuras, no se habían reconocido hasta ese momento.

José Rafael Pocaterra vivió en Venezuela en la primera mitad del siglo XX y luchó contra las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Durante ese período, pasó varios años en prisión, incluso en la infame prisión de la Rotunda. En 1929 participó en el fallido intento de golpe, la denominada expedición “Falke”. Falleció en Montreal en 1956. Su obra más famosa son las memorias de sus años de activismo, así como una serie de cuentos en estilo de realismo social sobre la vida en Venezuela.