Memorias de un Venezolano de la decadencia I.2

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En el segundo libro de sus Memorias, Pocaterra filetea el funcionamiento interno de la dictadura de Juan Vicent Gómez en Venezuela entre 1908 y 1919, hasta que nada de este régimen cruel y sin sentido se vuelve defendible y todos sus partidarios se muestran en su verdadera naturaleza. Al lado del valor histórico, Pocaterra hace un análisis de la represión ejercida por Gómez que resiste la prueba de la historia y puede servir para mirar regímenes similares con una visión clara. No solo señala qué buscar, cómo interpretar los hechos, la comunicación, el discurso, sino que también nos dice claramente cómo actuar, comenzando por el ejemplo de su propia vida.

Lo más probable es que, si tienes este libro en mano, ya no tendremos que mencionar las habilidades de Pocaterra como panfletista y observador político, como un escritor extremadamente talentoso y un activista valiente. Sin embargo, lo que hace que Pocaterra realmente se destaque es la combinación de todo lo anterior con su estilo de escritura fantásticamente ligero y humorístico, tan típico de Venezuela, tan pocas veces encontrado en la escritura pero arraigado en la cultura. Precisamente por eso estas Memorias son un clásico de la literatura venezolana y una lectura obligada para todo aquel que quiera conocer más sobre el país.

La presente edición de Memorias de un venezolano de la decadencia es fiel al texto publicado por la Editorial Elite de Caracas en 1937. En el siguiente trabajo, las erratas fueron corregidas, así como algunos errores de diseño; y aspectos de ortografía han sido actualizados. Los dibujos del autor y las fotografías han sido conservados. Con la finalidad de facilitar la lectura, dividimos el texto completo de las Memorias en una serie de cuatro libros en estilo pocket, más o menos siguiendo la estructura cronológica de la primera edición de 1927:

  • Tomo I.1: Castro
  • Tomo I.2: Gómez
  • Tomo II.1: La vergüenza de América
  • Tomo II.2: La oposición
A las diez de la mañana, después de una madrugada de ansiedad, al entrar a la redacción, alguien me informa que la noche antes, a las once, habían arrestado al capitán de Artillería Luis Rafael Pimentel y que se hablaba de otras detenciones de oficiales... Nos hemos reunido inmediatamente y cada quien informa haber observado que se le vigila. Por mi parte, a excepción de los dos tipos que me siguieran hasta el hotel, nada noto. Pero convenimos en que sólo se trata de sospechas más o menos fundadas; hay que permanecer impasibles. Los detenidos no dirán nada. Aplazar unos días y comenzar de nuevo nuestra labor. Como la agitación del final de la guerra europea trae los espíritus alterados y ocurre lo de costumbre, que el venezolano se ocupa con mayor interés de lo que diga míster Wilson que de lo que le está pasando a la vuelta de la esquina, es difícil darse cuenta hasta qué punto haya inquietud en los del gobierno. Una vasta complicidad responde, por otra parte, a lo convenido. Bajo el puente Junín la madrugada de hoy, estaban ocultos esperando, unos cincuenta jóvenes que luego salieron del escondite y se dispersaron por la ciudad. El comisionado que pone en contacto los dos grupos principales dice que hasta mediodía no hay otra noticia que el arresto de Pimentel y de unos cuantos más. Puede tratarse de una intriga de cuartel; de una vaga sospecha. Todo desasosiego de nuestra parte comprometería a los detenidos. Convinimos en dispersarnos y en estar a la expectativa. Pasaron cincuenta y seis horas... Iba esa mañana a salir del Gran Hotel cuando cruzaron ante mí con un estruendo y a velocidad extraordinaria tres automóviles... En el primero distinguí a Vicentico Gómez, trajeado de filipina blanca, un lazo negro al brazo, la cara congestionada, los ojillos claros y torpes que escudriñaban al paso... En los otros dos coches esos espalderos que acostumbran acompañar a “los Gómez”, pobres diablos con un tremendo rifle en actitud de disparar desde el automóvil si alguno intentaba algo hostil contra “el general Vicentico”... El paso de aquellas tres máquinas dejó en el ambiente una vaharada de gasolina y de brutalidad.
José Rafael Pocaterra vivió en Venezuela en la primera mitad del siglo XX y luchó contra las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Durante ese período, pasó varios años en prisión, incluso en la infame prisión de la Rotunda. En 1929 participó en el fallido intento de golpe, la denominada expedición “Falke”. Falleció en Montreal en 1956. Su obra más famosa son las memorias de sus años de activismo, así como una serie de cuentos en estilo de realismo social sobre la vida en Venezuela.