Memorias de un Venezolano de la decadencia II.1
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El tercer libro de las Memorias de Pocaterra es el diario de prisión de sus tres años de estancia en La Rotunda, la cárcel de presos políticos de Caracas. El principal objetivo que tenía Pocaterra con este libro era sacar a la luz los horrores de La Rotunda en apoyo de la oposición al régimen de Gómez en países extranjeros. Lo hace compartiendo la historia de su propio encarcelamiento y el de muchos de sus compañeros de prisión, el motivo de su encarcelamiento y lo que sucedió con ellos en la cárcel, a medida que encuentran formas de lidiar con su situación.
Las condiciones en La Rotunda fueron particularmente espantosas. Los prisioneros fueron confinados en pequeñas celdas con cortinas clavadas a la entrada, la tuberculosis y la disentería corrieron desenfrenadas, y los que sobrevivieron fueron asesinados por arsénico agregado a su comida o bebida. Ninguno de los prisioneros había sido juzgado. No se les permitió comunicarse entre sí. Si este libro nos llegó, es simplemente por el coraje y la inventividad de Pocaterra y sus compatriotas. Sin embargo, La vergüenza de América es más que un panfleto político humanitario: el autor continúa el análisis de la dictadura con la pluma afilada por la que lo conocemos.
Pocaterra escribió dos libros mientras estaba en la cárcel: La vergüenza de América, el libro ahora frente a ti, y La casa de los Abila, una novela de ficción que escribió para entretener a sus compañeros de prisión. Estos dos libros son las obras maestras de Pocaterra y clásicos de la literatura venezolana.
La presente edición de Memorias de un venezolano de la decadencia es fiel al texto publicado por la Editorial Elite de Caracas en 1937. En el siguiente trabajo, las erratas fueron corregidas, así como algunos errores de diseño; y aspectos de ortografía han sido actualizados. Los dibujos del autor y las fotografías han sido conservados. Con la finalidad de facilitar la lectura, dividimos el texto completo de las Memorias en una serie de cuatro libros en estilo pocket, más o menos siguiendo la estructura cronológica de la primera edición de 1927:
- Tomo I.1: Castro
- Tomo I.2: Gómez
- Tomo II.1: La vergüenza de América
- Tomo II.2: La oposición
Una detención.
– ¿Para dónde? –inquiere el gendarme de Catia en la portezuela.
– Ida y vuelta a la Guaira.
Mi compañero habíase hecho acompañar por una muchacha alegre:
– ¡Vamos al Casino, a bailar!
– Escriban aquí sus nombres.
Escribí el de él, el de la muchacha, el mío, que no podría leerlo bien nunca. Fue un gracioso tejido de consonantes.
– ¡Sigan!
Era un plenilunio; el Ávila sacudía sus guedejas de niebla sobre las estrellas.
A la vuelta brusca del cerro, el mar, vasto, enorme, alargado hasta un horizonte infinito, ofrecía en calma majestuosa, abiertos entre el destino y la incertidumbre, todos los caminos del mundo.
La muchacha no sospechaba nada. Con todo, su corazón de mujer presentía al lado suyo algo y susurró al oído de su compañero:
– ¿Qué tiene? ¿Qué le pasa?
Pero otro automóvil que subía, del cual salieron risas, cantos, gritos, cortó la escena.
Después hasta llegar, silencio.
Fuimos un rato por ahí, al Casino. Mi amigo y la muchacha bailaron. Luego, muy naturalmente, seguimos hasta Macuto.
A lo largo de la alameda, llegando ya a “La Alemania”, ella insistió aún:
– ¿El... se va?
Y sus ojos, grandes y negros, brillaron sobre nuestro estupor. Entonces, resuelto, le dije:
– Sí...
¿Qué emoción extraña sobrecogióla? ¿Qué misterio profundo, desde su tristeza moral, la elevaba hasta la absoluta compresión de la mía?
Mi amigo evadió el rostro y balbuceó al oído de ella:
– ¡Dale un beso!
Pero ya su cabeza estaba en mi hombro. Radiaron sobre los míos sus grandes ojos empañados por una emoción extraña, y en sus labios mercenarios, en sus labios tibios que olían a menta y sabían a sal de lágrimas y a amargura de amor recogí el beso último que la Patria me enviaba... Llevo ese beso último de Venezuela en lo más profundo de mi alma.
Lunes, 4 de Julio de 1922.
A las cinco, el barco se puso en franquía. Dos campanadas del banco de cuarto.
Y con la soledad absoluta, acodado en la borda, vi cómo la cumbre del cerro hundíase entre la noche y el mar.





