La casa de los Abila

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La casa de los Abila nunca estuvo destinada a ser leída. Pocaterra la escribió para sus compañeros presos políticos en La Rotunda, la infame prisión del dictador Juan Vicente Gómez. Escribió los capítulos en pequeños trozos de papel, escondidos dentro de una caja de cerillas, y se los pasó a sus compañeros. A través del “telegrama”, el sistema que idearon los presos para comunicarse entre sí, sus compañeros de prisión clamaban: “¡Más, más!”.

Narrando la historia de Juan de Abila, un joven, hijo de una familia de nuevos ricos que decidió trabajar la tierra, Pocaterra se aleja de sus habituales protagonistas de escaladores sociales, intelectuales y miembros de la burguesía. Agrega una suavidad y una amabilidad que rara vez encontramos en sus historias, lo que la convierte en su verdadera obra maestra.

La presente edición de La casa de los Abila es fiel al texto publicado por la Editorial Elite de Caracas en 1946. En el siguiente trabajo, las erratas fueron corregidas, así como algunos errores de diseño; y aspectos de ortografía han sido actualizados. Con la finalidad de facilitar la lectura, colocamos algunas notas a pie de página más largas

Los editores de Caobo Ediciones consideraron la historia del libro y los acontecimientos de la época. Aun así, decidimos agregar una breve cronología de la historia de Venezuela en el siglo XIX, para que el lector pueda ubicar las numerosas referencias que hace el autor.

XII

Comenzó a disfrutar una vida desconocida; era ese instante de la existencia en que se agrupan detalles gratos, en que todo sale bien; y parece que de las vertientes van hacia el cauce, espontáneas y claras, las corrientes todas de la dicha.

Hasta aquel rincón telarañoso, rodeado de colgajos de hierro, donde el socio López le había destinado un escritorio dotado copiosamente de papel timbrado, plumas, portafolios y libretas — ¡todo para una o dos cartas semanales que escribía desde allí a Cosme dándole instrucciones pueriles! — hasta aquel ir y venir misterioso de sujetos que conferenciaban allá adentro, y el aire servil, capcioso, de Pernía, la risa del jovenzuelo Chávez, que sesteaba sobre los mostradores, le hacían más tolerable el ambiente.

En ocasiones púsose a ayudar en un despacho, o exigía al tenedor de libros, vejete que tosía desesperado, encorvado, sumiso, entre un flamear de pañuelos catarrosos, que le dejase llevar algún libro auxiliar para distraerse... Se fastidiaba de vagar sin objeto, entre aquel tropel de hierros y de caleteros; familiarizado ya con el tráfico comercial de la calle y con los mismos rostros a las mismas horas... El infeliz don Juan Eustaquio le miró asombrado... No comprendía él que “su joven amigo don Juancito” quisiese, por placer, aquel trabajo que le exprimía a él los cuatro sesos de su cráneo diminuto rodeado de una niebla horrenda de gripes, de toses y de balances... Pero lo consultaría... ¡Cómo no!, lo consultaría... don Juancito sabía que él... con muchísimo gusto; pero “jefe es jefe” y él tenía que decirlo al señor López...

— Sólo que éste corrió desolado:

— ¡No, por Dios, querido!, ¡todo un socio y encargado general de nuestros intereses!

— ¡Oh, qué ocurrencia!

Y abrió los ojos de un modo tan cómico que él se ruborizó llevándolo a broma; y don José Eustaquio, como si fuese culpable, se deslizó en un estrépito de excusas y de estornudos:

— ¡Se lo dije, se lo dije a usted, don Juancito! Puede usted creerme, señor López, que se lo dije...

— Sí, hombre, sí — concluyó impaciente éste.

Al otro día trajo en persona y volcó ruidosamente sobre el escritorio del joven una montaña de folletos, de publicaciones agrícolas, de modelos y referencias...

— Aquí tiene, querido; usted posee un criterio claro y ve las cosas bien: ¡estudie, prepárese para la gran batalla!...

José Rafael Pocaterra vivió en Venezuela en la primera mitad del siglo XX. Fue un periodista, escritor y activista político que luchó contra las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Durante ese período, pasó varios años en prisión, incluso en la infame prisión de la Rotunda. Posteriormente, en 1929, participó en el fallido intento de golpe conocido como la expedición “Falke”. En 1939 se convirtió en ministro de Comunicaciones, y luego ocupó diversos cargos como embajador. Falleció en Montreal en 1956. A lo largo de su vida y sus viajes, siguió escribiendo. Su obra más famosa son las memorias de sus años de activismo, así como una serie de cuentos en estilo de realismo social sobre la vida en Venezuela.