Política Feminista o, el doctor Bebé
€ 2,99
Con su habitual estilo ligero y humorístico, mientras aborda los temas más pesados, Pocaterra utiliza este ‘novelín’ para describir la relación entre hombres y mujeres a principios del siglo XX, en la ciudad provincial de Valencia, Venezuela. De esta manera, da dirección a los movimientos feministas en su país de nacimiento y más allá. Sus personajes exploran las diversas formas en que podemos vivir juntos, las citas, el matrimonio, las relaciones casuales y los problemas que surgen de las diferencias de clase y educación en una pareja.
Los libros de Pocaterra sobreviven al tiempo. ¿Ha cambiado algo desde entonces en la forma en que nos dirigimos a nuestro amado y le hacemos saber que estamos interesados en algo más? ¿Los institutos de gobierno, el estado y nuestra cultura nos permiten explorar las libertades que adquirimos más que entonces, o todavía estamos atrapados en los mismos problemas de pareja que han plagado las relaciones durante siglos? Vale la pena averiguarlo.
La presente edición de Política feminista: o, El doctor Bebé es fiel al texto de 1913 publicado en Caracas bajo el título Política feminista. En el siguiente trabajo las erratas fueron corregidas, así como algunos errores de diseño; y aspectos de ortografía han sido actualizados. Los editores de esta edición agregaron anotaciones para facilitar la lectura al lector contemporáneo.
VII
Un grito agudo, persistente, la despertó de súbito.
— ¡EI tres mil... ciento... sesenta... y cuaaatro...!
Casi junto a la ventana, por cuyo postigo abierto entraba el sol de la calle, aquel chillido, sobresaltándola, la hizo abrir los ojos trasnochados, que sin querer recibir la luz mañanera volvían a entornarse con la misma pereza que le inmovilizaba todo el cuerpo en el huequillo tibio de los colchones, bien arrebujada entre las sábanas.
El reflejo movible que en la pared ponía el espejo, el rayo nebuloso por donde ascendían hacia el postigo abierto en una faja iluminada moléculas de polvo doradas, grises, de color naranja; la idea friolenta del agua de la jofaina, la pereza de los pequeños menesteres de la mañana, teníanla allí, todavía a las nueve, sumida en grato estupor que incita a provocar los últimos sueños de la madrugada o a contemplar fijamente detalles de la habitación: un pliegue de vestido, cierta disposición de tal objeto. De aquella somnolencia hubo de sacarla el trueno de las carretas que van a la estación Inglesa y que pasan por el empedrado crepitando bajo las cargas, con el ruido ensordecedor de un convoy de artillería.
Entonces pensó levantarse.
El tocador en desorden, con sus polveras abiertas y la jabonera llena de agua, la silla donde sobre el traje de la víspera se abría el corsé, la palidez de unas flores que en la loza del aguamanil mustiara el aire enrarecido de la habitación, toda la atmósfera de los recuerdos del día anterior reteníanla otra vez en la cama. Con los ojos muy abiertos, revivía cuanto había pasado, en el agradable convencimiento de haber sido un sueño la persecución del toro furioso, y las grandes caídas desde muy alto que oprimen el corazón aun después de haber despertado. En verdad, casi era un sueño, pero un sueño tan grato... ¿Cómo había sido?... ¿Iría esa noche, iría de nuevo, persistiría en aquella nueva cadena que con su sonrisa y con sus palabras de mártir había tendido alrededor del cuello, antes de apoyarse apasionada en su hombro durante el baile, antes de tomar aquel aire de reina ofendida? Las mil pequeñas humillaciones, el desvío de largos días, los desdenes manifiestos hacia lo que con ella se relacionara, todo eso había sido olvidado por la dicha de un instante, por un triunfo fugaz.
¿Fugaz? No podía ser; él, a pesar de lo que dijeran, a pesar de lo que ella misma suponía, la amaba; ¿no se lo había dicho con la mirada? ¿no se lo había repetido con voz emocionada al dudar de sus atenciones inesperadas? Sí, indudablemente. Sentía un gran orgullo de saberlo subyugado a su sola presencia... Recordaba perfectamente los detalles. En ese momento Goenaga ofrecíale el brazo. Acaso fuera simpatía, tal vez notara, con su especial perspicacia de cortesano parroquial, la probabilidad de una reconciliación... Hasta no lo halló feo. Su gratitud de mujer veía en él un caballero excesivamente amable, donde el ojo certero del hombre hubiera visto un rufián disfrazado. Y con qué gracia les sonreía al tropezar a Bebé a la vuelta del corredor:
— ¿Ustedes... no se conocen?
Bebé, inmutado, no respondió a tiempo. Y como presentándolos por vez primera, añadió con acento cómico:
— Josefina, la mejor amiga y la más adorable de las mujeres...
Se celebró jovialmente la chanza. Bebé deseaba bailar aquel vals; pero ella lo tenía comprometido... ¡Comprometido! ¡Pero eso era terrible!
— A ver, a ver, muéstreme su carnet.





