Memorias de un Venezolano de la decadencia II.2
€ 2,99
Bajo el liderazgo del general Román Delgado Chalbaud, José Rafael Pocaterra participa en el golpe del Falke de 1929, un golpe militar destinado a derrocar al régimen de Gómez de una vez por todas. En La Oposición, Pocaterra comparte su análisis de la oposición a Gómez en el exterior, la preparación del golpe, sus aventuras en el crucero Falke y los combates en Venezuela, así como las secuelas.
El golpe del Falke, que lleva el nombre del crucero polaco que los rebeldes tomaron para llegar a Venezuela, puede ser uno de los eventos más criticados en la historia venezolana. La culpa del fracaso de la acción recae en Pocaterra, quien se encuentra, como uno de los pocos supervivientes, en la posición de tener que defenderse. Su libro, sin embargo, no está escrito como una defensa, sino más bien como un análisis político y un relato histórico de los hechos, en línea con los libros anteriores de sus Memorias.
La presente edición de Memorias de un venezolano de la decadencia es fiel al texto publicado por la Editorial Elite de Caracas en 1937. En el siguiente trabajo las erratas fueron corregidas, así como algunos errores de diseño; y aspectos de ortografía han sido actualizados. Los dibujos del autor han sido conservados. Con la finalidad de facilitar la lectura dividimos el texto completo de las Memorias en una serie de cuatro libros en estilo pocket, más o menos siguiendo la estructura cronológica de la primera edición de 1927:
- Tomo I.1: Castro
- Tomo I.2: Gómez
- Tomo II.1: La vergüenza de América
- Tomo II.2: La oposición
Este cuarto libro contiene los capítulos XXXIV a XLI: La oposición, sobre las acciones de la comunidad exiliada venezolana en los años veinte del siglo XX.
La retirada
La situación hacíase crítica. Era evidente el desastre. El Capitán Zipplitt me declaró con muestra de abatimiento:
– No respondo de la tripulación ni de que me obedezcan más. Resuelva usted. Este barco debe seguir a Trinidad, pues es la orden que tengo de los armadores. Koelling es un hombre que por dinero es capaz de todo. Y al fin, nosotros somos extranjeros y Gómez no nos puede hacer nada.
Los reuní en la Cámara, al Capitán, a los dos oficiales –pues el tercero, Esser, no regresó a bordo, dándosele por muerto o extraviado– y con ellos al Jefe Ingeniero Rothe:
– Si este barco se entrega al Gobierno yo les advierto que quedará lleno de muertos, con la circunstancia de que primero serán ustedes. Lo único práctico, ya que todo está perdido al parecer, es hacer rumbo a Trinidad y allí, donde contamos con amigos y el derecho de asilo, podremos resolver, porque no hay paraje de la costa venezolana donde recalar y ya los barcos del Gobierno deben estar siguiéndonos. El gobierno tiene aviones y nosotros no tenemos ni un mal cañón... Por lo demás, estoy resuelto a todo junto con mis compañeros antes que caer en manos del enemigo con el barco y el parque.
Obedecieron en silencio, si bien noté que Koelling cambiaba una mirada significativa con el Jefe Ingeniero.
Llamé incontinenti al capitán y le ordené: – Rumbo a Port-of-Spain. Salga a media máquina y ábrase lo más posible de la costa de Margarita. El práctico quedará con su piloto. Si se atraviesa un guardacosta enemigo páselo por ojo.
Ordené a Salazar ocupar su puesto en el banco de cuarto, y levamos anclas mientras ya en el puerto oíanse las cornetas del enemigo, y el Vigía seguía disparando hacia el vapor.
– Arriamos la bandera venezolana.
– No señor, con ella saldremos hasta llegar a aguas inglesas.
A las 2 p.m. Salazar me advirtió que ibamos rozando casi la costa de Margarita.
Corrí al puente.
Koelling estaba de guardia.
– Le dije a usted que perdiera de vista el litoral de Margarita y ya se ven los rompientes.
Apeló a la carta marina y al compás con vagas demostraciones. Llamó a las máquinas.
Comprendí que continuaba acariciando la idea de dar lugar a que se nos diera caza por los guardacostas del enemigo o por algún navío de guerra, creyendo lograr dinero por el parque a bordo y nuestras personas.
Pero como vio mi actitud, abandonó el puente. Llamóle, imperiosamente ya; y sin decir nada a los otros les ordené reunirse en el puente. Hice que despertaran al Capitán, que estaba encerrado en su camarote.
A poco apareció Koelling con el Jefe Ingeniero:
– No tenemos carbón suficiente para llegar a Trinidad ni aun haciendo cinco millas por hora.





