El hombre de oro

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¿Cómo describir un país en el que un usurero se convierte en presidente? ¿De qué manera una huérfana rubia y bonita se sale con la suya? ¿Cómo fluye el dinero en un país en el inicio de la era industrial? ¿Qué sucede con quienes se quedan atrapados en sus propios sueños de gloria pasada?

Las respuestas las podemos encontrar a principios del siglo XX en Caracas, descritas por la voz suave pero crítica de Rufino Blanco Fombona, quien nos cuenta la historia de vida de la familia Agualonga en “El hombre de oro”.

La edición actual de “El hombre de oro” está basada en la edición original publicada en Madrid en 1916 por la Editorial América. Cada vez que fue apropiado, agregamos notas de pie y actualizamos la ortografía al español moderno. Sin embargo, mantuvimos intacto el estilo del autor y del tiempo. Modernizamos la portada, la tipografía y el diseño para aumentar la legibilidad.

     I.        El perfume de las dos damas

Aún ojeaba Irurtia El Noticiero en el corredor, aquella mañana, cuando llamó alguien a la puerta de la calle, repicando el aldabín de hierro, para que lo escuchasen, porque el portón de Irurtia permanecía siempre cerrado, como para aislar la casa del vecindario, de la ciudad, del mundo. Irurtia corrió, como era su costumbre, a un postigo de la ventana, antes de decidirse a abrir, desconfiado siempre de lo que pudiera sobrevenir; receloso, mañero, temiendo abrir a un mendigo, o a un petardista, o a un ladrón, ¡quién sabe!

El arribante era Berroteran, un maestro albañil a quien don Camilo ocupaba en la reparación y entretenimiento de las fincas urbanas; sujeto muy de bien, honrado a carta cabal, lento y pacienzudo. Irurtia confiaba en Berroteran hasta donde Irurtia podía confiar en alguien.

Los dos hombres pasaron al despacho del propietario.

— ¿Terminaron la casa de la Pastora? — preguntó don Camilo, sabiendo de memoria que no podía estar terminada.

El albañil sonrió, por única respuesta, y sacando un pliego de papel comenzó a dar cuenta de las últimas reparaciones efectuadas allí y de los útiles que faltaban: cerraduras para tres puertas, dos metros de cinc para el gallinero, una reja de albañal para el corralito, etc.

— Desde el lunes, que usted la vió, a la fecha, hemos adelantado mucho.

— ¿Adelantado mucho y no está concluída?

— Esta semana concluiremos, don Camilo. Sólo faltan menudencias y las últimas manos de pintura.

— Usted es un morrocoy, maestro.

El albañil volvió a sonreír.

Un instante después dijo:

— Como mañana es sábado, quiero saber si puede entregarme hoy el dinero para la semana de los obreros, o si debo regresar.

— Venga mañana — repuso Irurtia.

— Respecto a la casa de Santa Rosalía — continuó el albañil, — no sé lo que usted resuelva. Yo no me he atrevido a encargar las tejas, porque el ciento ha subido en cuatro reales.

Irurtia brincó con la noticia:

— ¿Cuatro reales? ¡Ladrones! No compre usted nada. Prefiero que se caiga la casa.

Luego, serenándose, agregó:

— Esperaremos a ver si baja el precio. ¿No le parece, maestro?

El maestro, que conocía al patrón, asintió:

— Sí, señor; puede esperarse.

Rufino Blanco Fombona nació en Caracas en junio de 1874. Se convirtió en un importante escritor, editor y político venezolano: fue nominado seis veces al Premio Nobel de Literatura, entre sus obras destacan panfletos políticos, ficción, poesía, obras de teatro y libros sobre la historia de Venezuela y tres autobiografías. Su actitud crítica frente a los gobiernos de Castro y Gómez lo obligó a vivir en el exilio. En 1944 muere de un infarto y es enterrado en el Panteón Nacional de Venezuela.