El hombre de hierro
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En “El hombre de hierro”, Blanco Fombona utiliza la imagen de dos personas que vivían en Venezuela a principios del siglo XX y que no podrían ser más diferentes, para pintar un retrato bastante trágico de la sociedad caraqueña de la época. Sin embargo, en toda la tragedia de la historia de Crispín y María, también encontramos el amor que Blanco Fombona siente por su país, innegable en su estilo de escritura, el humor y la ligereza tan típicos de la literatura venezolana de esa época.
La edición actual de "El hombre de hierro" está basada en la edición original publicada en Madrid en 1907. Cada vez que fue apropiado, agregamos notas de pie y actualizamos la ortografía al español moderno. Sin embargo, mantuvimos intacto el estilo del autor y del tiempo. Modernizamos la portada, la tipografía y el diseño para aumentar la legibilidad. También agregamos una breve historia de Venezuela en el siglo XIX, para dar contexto.
VII
El bochorno de la canícula penetra por la taraceada celosía de tela metálica verde de una corrida mampara, y por puertas y ventanales con marquesinas de cretona listada de crudo y de rojo. No se percibe en el lato recinto más que el chirriar de las plumas contra la aspereza del pliego; el zumbido de alguna mosca ahita, de volar torpe; o bien, de cuando en cuando, el esgarre, la carraspera de este o aquel de los varios bustos inclinados sobre los escritorios, vestidos con la blusa de almacén, fresca, blanca, de hilo, o amarilla y ligera coma un hollejo de seda barata.
Al igual de sus compañeros de oficina, Crispín se engolfa en la tarea. Sólo que a veces, distraído, el pensamiento errante, muerde el palillero, los ojos fijos en la persiana verde, por donde se cala, amortiguada, la lumbre solar. El calor sofocante no enerva, sin embargo, el vuelo de sus preocupaciones.
¿Por qué María no se restituye al hogar, cuando él la sabe mejor? ¿Por qué hoy, a la hora de almuerzo, cuando telefonó, según diaria costumbre, para saludarla, fué un criado del Casino quien salió a responderle? Todavía oye distinta, clara, aquella voz masculina, indiferente, que le repuso: “La señora salió desde temprano al campo.” Era la primer mañana que su esposa le jugaba aquella partida. ¿Ignoraba ella, por ventura, cuánto iba a desagradarlo con esa desatención? ¿Por qué no esperar su saludo de medio día? ¿No le sobraban a María tiempo y vagar para caminatas y paseos? ¿Adonde, con quién andar a esa hora?
El bueno de Crispín se perdía en descabelladas imaginaciones. Ya era su mujer entre las olas, víctima del mar, a lucha partida con la Desnarigada, sin encontrar en la desesperación de su agonía un brazo fuerte y amigo que la librase de morir. Ya la miraba tendida, exánime, fulminada por el sol. O bien a bordo de humeante, embanderado trasatlántico, pronto a partir de la rada, ¡quién sabe para dónde! Apoyada en el brazo de un hombre rubio, desconocido, extranjero, agitaba María, risueña y llorosa al mismo tiempo, un pañuelo blanco, en el adiós de la despedida. La veía con toda precisión, en la cabeza una cachucha de turista, terciado el carrielito, batiendo el cendal en el aire. En aquel buque pirata se iba su mujer, su felicidad, su honor. Veía rojo y pensaba en vindicaciones y en sangre. Una gota, no de sangre, sino de sudor, que iba rodando por su frente y cayó sobre el papel, manchándolo, hizo que volviera a la realidad.
Entonces, para desechar sus quimeras, se puso a escribir concienzudamente, la atención clavada, sujeta con la punta de la pluma, para que no escapase.





