Cuentos de poeta
€ 2,99
Presentados por Rufino Blanco Fombona como relatos que los poetas se cuentan unos a otros, los Cuentos de poeta reúnen una galería de soñadores, enamorados, idealistas y excéntricos que atraviesan el mundo con las pasiones a flor de piel. Cada narración lleva la huella de un narrador más versado en los misterios del corazón que en las comodidades de la realidad.
Escritos en pleno apogeo del modernismo hispanoamericano, estos cuentos habitan un universo donde la belleza, el honor, el deseo y la desesperación son inseparables. Una y otra vez, los personajes de Blanco Fombona se ven empujados hacia los extremos, como si la vida misma fuera un poema que no puede vivirse a medias. El resultado es una colección romántica, trágica, irónica y profundamente conmovedora: un vistazo a las historias que los poetas se cuentan cuando hablan no a la multitud, sino entre ellos, porque hay cosas que solo un alma afín puede comprender.
Esta edición se basa en el volumen publicado en Maracaibo, Venezuela, en 1900 por Imprenta América. Cuando resultó oportuno y necesario, actualizamos la ortografía y añadimos notas a pie de página. Las erratas del propio autor fueron corregidas.
Los hombres corren la ciudad en coche, de tarde, porque las tardes allí son dulces y doradas. A esa hora el sol poniente pincela de áureos matices la frente de las montañas vecinas; el aire se transparenta más, el cielo viste su más claro azul.
En ventanas y balcones se apiñan hermosuras, ávidas de ver y de ser vistas. Por entre las rejas salen volando, a veces, ráfagas de música. La música del país es muelle, enamorada y voluptuosa; pero no tan voluptuosa, tan enamorada, ni tan muelle como esa otra armonía que se desprende, a raudales, de los contornos del seno, de las caderas lascivas, de los brazos y gargantas de las bellas hijas del país.
Es la hora de los enamorados la tarde.
Y pasa el amador delante de la ventana de la hermosa, llevándose una mirada recogida al trote del carruaje, mirada elocuente y que fascina, mirada prometedora de dulzuras para la cercana prima noche, cuando él se plante al pie de la reja misma a murmurar su amor.
Una mujer había, la más bella de todas, que encastillada en su hermosura espléndida, no quiso rendir a nadie la fortaleza de su corazón.
Admirarla era casi un deber. Un poeta hizo un tomo de madrigales para ella: madrigales a sus ojos, madrigales a sus manos, madrigales a su boca.
Sin número de amadores hacía la ronda a su puerta; o pasaban de tarde por frente a su ventana a rendirle, sumisos, tributo de admiración…
Pero uno se distinguía entre los fieles de la diosa.
Este no corría en carretela, ni pasaba gentilmente, sino que se plantaba, en una silla rodante, en toda la esquina. Era un joven, paralítico. Se decía de él, sin razón, que era fatuo; y ninguno ignoraba el amor del infeliz.
Yo ardí en deseos de saber qué pasaba en el corazón de aquel mísero, a quien el infortunio baldó el cuerpo y no el alma.





