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Oculta tu rostro

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Al cabo de una décadas se nos hace inevitable echar una mirada a lo que hemos escrito, gesto que invariablemente se acompaña de injusticias para con nosotros mismos, en la medida en que leemos, a veces con un asombro que nos impide reconocer nuestra voz envejecida, otras, abrumados por lo que consideramos excesos estilísticos, defectos, abusos, omisiones, en fin, siempre como avergonzados de una tarea que se nos fue imponiendo sin que nos percatáramos a tiempo.

Comprobamos, entre otras cosas, que nuestros pequeños libros no existen en las librerías, o que solo sobreviven en alguna biblioteca de colegio, tal vez amparados más en la compasión del bibliotecario que en la demanda de los lectores. En un acto que resulta una mezcla de vanidad y un ajuste de cuentas, nos decidimos a publicar esta recopilación de los tres textos por los que sentimos más afecto, dejando a los otros cuatro a la suerte que les depare su destino, ese que inequívocamente les asignó Terencio: el de la inteligencia de sus lectores.Toda nuestra producción es breve, no por coqueteos estilísticos (que no faltaron), ni por mezquindad, aunque eso lo dirá mejor el lector, sino por la incapacidad de abarcar temas que en sumomento parecieron serios en grandes espacios textuales.

Esa característica nos facilita recoger textos de Equivalencias, Fragmentos Sublunares y También el Humo Tiene su Forma, en este volumen que ahora dejamos en manos del lector, siempre confiando en su indulgencia, siempre esperando que la palabra secreta que hemos escondido sea leída por quien sabemos nunca estará presente.

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Estas palabras

Estas palabras, cuando son dichas a la luz del día, entre los extraños con quienes hacemos negocios, no poseen más sentido que el de la pura utilidad, de tal manera que toda reminiscencia a la que pudieran dar lugar, toda connotación que no esté directamente emparentada con el asunto de marras, simplemente no es escuchada o, a lo más, sólo pasa como un simple adorno. Es la visión ingenua que tienen los escolares de la retórica.

Cuando estas mismas palabras se pronuncian con la mirada fundida en los ojos del otro, en la oscuridad de un parque desolado o en cualquier lugar en el que lo cotidiano luzca fuera de contexto, entonces se cargan de un misterio que tal vez no posean en las intenciones del que habla, pero al que no pueden renunciar.

Todo se carga de sentido, de muchos, de infinitos sentidos. Estas palabras, antes inocentes, se tornan peligrosas, porque pueden llegar a decir cualquier cosa: algo en lo que ni siquiera hemos pensado, o incluso su reverso absoluto.

Hay que hablar a plena luz del día, hay que conservar siempre un tono de cierta indiferencia, hay que cuidarse como de la peste de cualquier énfasis que no esté estrictamente asentado en el sentido literal; por sobre todas las cosas, se deben evitar esas fulguraciones con las que nos traiciona la mirada.

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