Fotografías imaginadas

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Los tres breves textos incluidos en este libro pertenecen a épocas y preocupaciones diferentes. Los he llamado “encuadres”, a falta de una denominación más apropiada, jugando un poco con la terminología fotográfica, ya que no llenan los requisitos del ensayo, al menos como yo los entiendo. Fotografías imaginadas es el resultado de varias noches de insomnio durante el año 2013 que, como es ya mi costumbre, me obligaron a escribir. En este caso, redacté todo en mi memoria, o al menos lo esencial, lo transcribí a la semana, más o menos, y lo abandoné en una caja que hace poco redescubrí.

Espacios interminables es la versión escrita (y expurgada de muletillas orales) de una conferencia que dicté en 2016 como ejercicio para la elaboración de un ensayo más largo sobre el paisaje, ensayo que está pendiente de realizarse con mi amigo Carlos Martino.

Anuario es una meditación incompleta y atropellada de mi foto de fin de curso de la escuela primaria, foto que he perdido. No recuerdo cuándo la escribí, pero sin duda fue antes de conocer el trabajo del artista argentino Marcelo Brodsky denominado La buena memoria, Clase 1967 que me impactó profundamente. Los reúno aquí gracias al estímulo y a la generosidad de personas cuyo criterio respeto; será el lector quien decida qué valor pueden tener para su comprensión de la fotografía.

Guillermo Cerceau

Guillermo Cerceau

Guillermo Cerceau (Argentina, 1957) es consultor especializado en nuevas tecnologías. Ha trabajado durante veinte años en el mundo empresarial, primero como consultor independiente y luego, en KPMG, durante casi 11 años, donde alcanzó el puesto de CIO para Venezuela. Actualmente investiga ciudades, migraciones, cambio climático y tecnologías avanzadas como AI, VR, AR y las llamadas “Smart Cities”.

writer, consultant

Guillermo Cerceau (Argentina, 1957) is a consultant specialized in new technologies. He has worked for twenty years in the corporate world, first as an independent consultant and then, at KPMG, for almost 11 years, where he reached the position of CIO for Venezuela. Currently researching cities, migrations, climate change, and advanced technologies like AI, VR, AR and so-called “Smart Cities”.

El ceremonial de la imagen

Las fotografías no tienen pudor en mostrarnos una realidad ajena a nuestro querer. Se empeñan en mostrarnos un momento de la vida, las nuestras sobre todo, cuando el intento de incorporar a la visión alguna instancia de subjetividad, aún la más frívola e inconsecuente, ha sido neutralizado, bloqueado para siempre. La carga emocional de la mirada no puede ya distorsionar y amoldar el campo visual a sus intereses. La independencia psíquica, el desprendimiento final de la imagen del espejo se ha cumplido. La fotografía muestra esa fisura entre lo que somos y creemos ser, congela el movimiento que hace posible cargar el cuerpo humano con significados ajenos a su más estricta materialidad. Rilke detectaba en las esculturas de Rodin exactamente lo contrario: una carga de espiritualidad que trasciende el cuerpo y lo ilumina con cierta energía encaminada a clamar por el espíritu, la nostalgia de un aliento sobrenatural. La escultura El Hijo Pródigo, o La plegaria, como también se le conoce, me viene a mente. La escultura, contradictoriamente, niega el cuerpo a partir del cuerpo, habla de lo que está más allá de él. La fotografía hace el camino inverso, obstaculiza el esfuerzo de la voluntad por influenciar el volumen corporal y las formas materiales de nuestra identidad, su expresión física final. La distancia intelectual entre lo que nuestro cuerpo afirma y lo soñado deja de tener interés, se torna irrelevante.

Las fotografías analizadas por Guillermo Cerceau, que solo podemos imaginar, fijaron ese instante, detuvieron para siempre el segundo de la partida, la fuga precipitada de la conciencia, siempre apurada para minimizar el impacto del conocimiento. Nietzsche se acercaba a esta impresión al afirmar que teníamos arte para no morir de verdad. La fotografía se empeña en mostrarnos una realidad, sin matices emocionales capaces de suavizar la carga testimonial. Las imágenes hacen vida política, militan, presentan sus exigencias y nos interpelan, argumenta Guillermo. Ya no podemos establecer relaciones y apurar una conexión capaz de poner en movimiento dinámicas psíquicas. Las fotografías son monumentos, edificaciones nobles, sólidas y perdurables, ajenas al deterioro del tiempo, independientes de su historia, solidifican el pasado. Lo contrario de otras formas artísticas que precipitan el cambio: “Ah, que tú escapes el instante en el que habías alcanzado tu definición mejor”, escribía Lezama Lima y más adelante: “Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses hubiera dejado la estatua que nos podía acompañar”. Las fotografías provocan nostalgia, son crueles en su heroicidad al enseñarnos la grandeza de un momento, la belleza de un instante que se basta a sí mismo, historias congeladas para siempre como en la invención de Morel. Redundancia absoluta.

Cerceau escribe sobre el impacto de las fotografías en su memoria. No analiza, aunque pudiera hacerlo, el encuadre de las imágenes, las matemáticas de su composición, la estilística o el simbolismo plástico. Se interesa en su capacidad para indicar el contacto entre el cuerpo perfecto de la imagen congelada y la mente ciega, que no necesita de corporalidad alguna, que trasciende la materia y se reconoce sorprendida en el cuerpo que una vez fue. Pero justamente en ese reconocimiento de lo definitorio, del pasado que acosa y niega el presente, arranca la posibilidad del cambio. Somos el cumplimiento de una promesa, el cambio constante, la invitación al viaje.

Ricardo Bello

Existencia, accidente, comprensión

Mi hermana menor, que moriría unos diez años después de tomada esta foto, en un accidente que nunca comprendí (¡como si los accidentes se pudieran comprender, como si el ser accidental no fuera en sí mismo esa imposibilidad de entender! Aristóteles: no hay ciencia de lo accidental[1]), mira sonriente a la cámara porque, muy probablemente, estábamos riéndonos de alguien (¿de mi padre, que tan seriamente hacía esfuerzos por meternos en el encuadre? ¿de nuestra última travesura? O mejor: de nada y de todo, como es la vida de los niños), mientras yo, distraído, miro hacia atrás, ambas figuras colocadas contra un fondo que la foto no permite distinguir pero que yo sé que es una pared de ladrillos, la medianera que separaba nuestra casa de la del señor que tenía los árboles de frutas que siempre estábamos robando.

Imposible saber ni suponer, casi cincuenta años más tarde, qué cosa me distrajo, por qué esta foto me inquieta como si se tratara de esos dioses bifrontes de los antiguos. Algo llamó mi atención, o tal vez mi padre hizo click en el instante preciso en que me movía por moverme, como sucede a veces, sin otra razón que el movimiento mismo, como la risa y otras alteraciones del cuerpo que nos hacen ser niños. Un accidente, tal vez sea esa la respuesta. Entonces, la foto bifronte, ambigua, polisémica (lo digo en broma) es incomprensible.

La pregunta sería, entonces: ¿por qué lo que nunca será comprendido debe o puede ser recordado? Argumentar que la razón y la memoria son “funciones” separadas, como si viviéramos en el siglo XVIII, no me sirve de nada. Eso es precisamente lo que aprendemos de este tipo de imágenes: de cuán poco sirven las ideas heredadas de nosotros mismos y hasta qué punto, como escribió una vez André Breton, la existencia está en otra parte.

[1] Se ve claramente que no hay ciencia de lo accidental. Toda ciencia tiene por objeto lo que acontece siempre y de ordinario. Metafísica, libro sexto.