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Vidas Oscuras

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A finales del siglo XIX, la política venezolana dio un giro hacia un Estado moderno y centralizado, haciendo que los caudillos, los terratenientes y vaqueros del campo que habían gobernado el país en sus propios pequeños reinos, fueran cada vez más irrelevantes. Esta transición del poder se tradujo en revoluciones violentas, golpes militares y familias rotas.

¿Pueden el amor y la familia trascender estos choques culturales que vienen con la introducción de la modernidad? El autor explora esta cuestión a través del conflicto entre dos hermanos, cada uno incrustado en su forma de vida, y el noviazgo y amor de Chucha y Gustavo. La conclusión de la obra es clara.

José Rafael Pocaterra vivió en Venezuela en la primera mitad del siglo XX. Fue un periodista, escritor y activista político que luchó contra las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Durante ese período, pasó varios años en prisión, incluso en la infame prisión de la Rotonda. Posteriormente, en 1929 participó en el fallido intento de golpe, la denominada expedición “Falke”. En 1939 se convirtió en ministro de Comunicaciones, y luego ocupó diversos cargos como embajador. Falleció en Montreal en 1956. A lo largo de su vida y sus viajes, siguió escribiendo. Su obra más famosa son las memorias de sus años de activismo, así como una serie de cuentos en estilo de realismo social sobre la vida en Venezuela.

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—Ya está, Gustavo —agregó Chucha más seria, viendo la confusión de su amiga. Las dos se vieron, un instante, como preguntándose qué quería decir aquello… El continuaba impasible: —¡Un beso, o lo digo!
—¿Y a mí, qué…? —dijo Conchita, riéndose.
Chucha impuso condiciones: —Vendado sí te lo damos.
—¿Vendado? Bueno; véndenme, pues. Sacó el pañuelo; hubo una pequeña lucha porque él las podía ver por debajo, si no apretaban, y si apretaban mucho, le estrujaban la nariz:
—¡Caramba con ustedes, que no me dejan ni olerlas!
Alguien le pegó en la boca, Chucha tal vez: —¡Cállate indecente!
Se estuvo un rato, vendado.
—Bueno, ¿qué, fue, pues?
Un silencio.
—¡Ya está, pues…!
De pronto alguna le besó en la mejilla; y él la apresó, levantándose la venda. Era la vieja Seráfica, a quien le encantaban aquellas bromas… Las muchachas reían como locas… Seráfica, un poco confusa, explicó que las niñas la obligaron… que ella entraba en ese momento… que ya estaba servido el almuerzo.
La mesa, alegre: reían ellas, Chucha, Conchita, la misma Elisa a quien su hijo obligó a descorchar una de las botellas de Oporto que Crespo le regaló a su papá de las cavas de Miraflores; se hicieron abre-bocas de anchoa con mucha salsa inglesa, se agregó un litro de Burdeos y aceitunas y pâte foi grass… Del patio, florido, venían rágafas húmedas. Un sol tardío penetraba por las vidrieras descomponiendo sus luces sobre los cubiertos, la vajilla, las copas. Un ramo de rosas en el centro. Los platos circularon con entusiasmo. Se achisparon los tres, en la sobremesa grata, en la atmósfera amable no turbada por la presencia grave del marido. Al café hubo un clamor de protesta porque Gustavo encendió un enorme “Londres” de los de su padre. Bajo la mesa, su pie anduvo tropezando al de Chucha; ésta le dio dos pisotones; a los postres, aquel pie travieso había sido acogido, primero con timidez, luego resueltamente, oprimido, entre una caricia de telas…

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