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Memorias de un Venezolano de la decadencia I.2

6,99

En la primera mitad del siglo XX, los ‘caudillos’ vinieron a Caracas e iniciaron las dictaduras militares de Castro y Gómez. Ellos sentaron las bases para el estado venezolano como lo conocemos actualmente, pero fueron en su mayoría infames por la barbarie con la que trataron a sus prisioneros, disidentes y rivales.

Con la típica ligereza y humor de los venezolanos, Pocaterra guía al lector a través de sus años de activismo contra estos líderes crueles y volátiles. Pero los relatos de camaradería, el auto desprecio intelectual de un activista que ‘hace lo que hay que hacer’, las bromas y las burlas constantes hacia los ‘andinos’, nunca dejan de pintar de la manera más realista y precisa el horror absurdo de la Venezuela de su época.

La presente edición de Memorias de un venezolano de la decadencia es fiel a la publicada por la Editorial Elite de Caracas en 1937. En el siguiente trabajo se ha conservado los dibujos del autor; las erratas fueron corregidas, así como algunos errores de diseño; y aspectos de ortografía han sido actualizados. Con la finalidad de facilitar la lectura, dividimos el texto completo de los dos tomos en una serie de libros en estilo ‘pocket’ de aproximadamente 250 páginas cada uno.

Este segundo libro contiene los capítulos XIII à XX del tomo I de la primera edición venezolana.

Memorias de un venezolano de la decadencia

Tomo I.2 – Capítulos XIII à XX

José Rafael Pocaterra

Memorias de un venezolano de la decadencia I.2 - feature

En la primera mitad del siglo XX, los ‘caudillos’ vinieron a Caracas e iniciaron las dictaduras militares de Castro y Gómez. Ellos sentaron las bases para el estado venezolano como lo conocemos actualmente, pero fueron en su mayoría infames por la barbarie con la que trataron a sus prisioneros, disidentes y rivales.

Con la típica ligereza y humor de los venezolanos, Pocaterra guía al lector a través de sus años de activismo contra estos líderes crueles y volátiles. Pero los relatos de camaradería, el auto desprecio intelectual de un activista que ‘hace lo que hay que hacer’, las bromas y las burlas constantes hacia los ‘andinos’, nunca dejan de pintar de la manera más realista y precisa el horror absurdo de la Venezuela de su época.

La presente edición de Memorias de un venezolano de la decadencia es fiel a la publicada por la Editorial Elite de Caracas en 1937. En el siguiente trabajo se ha conservado los dibujos del autor; las erratas fueron corregidas, así como algunos errores de diseño; y aspectos de ortografía han sido actualizados. Con la finalidad de facilitar la lectura, dividimos el texto completo de los dos tomos en una serie de libros en estilo ‘pocket’ de aproximadamente 250 páginas cada uno.

José Rafael Pocaterra

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Memorias de un venezolano de la decadencia I.2

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Extracto del Tomo II.2: 
La Vergüenza de América

Y el hambre, se enseñorea. Un silencio, el “vasta silentio” de Tácito cuando describe a Roma en los funerales de Germánico, y que los “orfebres” le asignan a los leones lugonescos, pasa por horas y horas y horas… Las palomas se bañan; toman el sol; revuelan; fornican.

Es insoportable esta visión de libertad, de frescura, de amor. Tendido en el suelo, miro al techo, la media bóveda donde la humedad y los remiendos simulan mapas, rostros, obscenidades… Danzan los relieves de la lechada, se mezclan, se tornan jeroglíficos… Endecasílabos resonantes se me fabrican a la fuerza. No quiero hacer versos y los hago; las rimas consonantes me pegan como martillazos gemelos… Es la idea de esa “Canción del Hambre” que me puse a componer por humorada y que ahora la realidad torna obsesión…

¡Oh, enamorada pálida del triste
hermana del dolor y de la herida,
estéril prometida…
que mi beso de amor jamás quisiste!

De afuera, oigo que Lara, en alta voz, comunica recetas de cocina suculentas, atormentado por la debilidad: “se coge la sartén y se tiende a fuego lento, una buena capa de mantequilla; luego se echa, mezclándose con queso rayado, parmesano, la primera tanda de macarrones…”
Algunos gritan aquí y allá:
–¡Cállate!
–¡No atormentes atormentándote!
El sigue, pausado, con voz profunda:
–Ahora para preparar la verdadera olleta de pato: se coge el pato…
Hace ya tres días que, materialmente, no como. El poco de arroz que viene flotando en salmuera es apenas un “precipitado”. Y los malditos versos siguen cantándome en el fondo del cráneo:

…por fin hasta mí vienes,
a lo profundo de mi celda oscura,
a juntar tu amargura a mi amargura
y a oprimirme las sienes…
Pasa, ven a posar sobre mi pecho
tu frente en fiebres de locura ardida.
Entra esta noche a compartir mi lecho;
toma en mi sangre tu ración de vida…

Y el famélico Lara, como desde muy lejos –así la debilidad háceme escucharle –explica en este momento:
–La carne blanca del pavo no se debe preparar con dulce; se le riega vinagre, con alcaparras y almendras; es la lonja negra la que se une al relleno…

Las palomas aletean. Como nadie tiene “extras”, ni aun la cáscara de los frijoles queda: se come todo; la película resistente como un “waterproof”, la concha misma de las bananas… Y los animalitos picotean entre los ladrillos a la puerta de las celdas, donde algunos granos de arroz han quedado. Lara continúa, implacable: –y se le pone vino blanco, aceitunas, pasas, nueces del Brasil, revolviendo eso con picadillo de molleja…

Salto, como un tigre a la cortina. Sin esfuerzo, con una destreza de la que me sorprendo yo mismo, deslizo la mano bajo el trapo y en un relámpago la retiro trayéndome un aletear tibio, un debatir desesperado de plumas. En un segundo pasa todo. No son manos las mías, son zarpas… Estrangulo el animalito, y cuando ya sus alas caen, fláccidas, y el ojo de acero y coralina se esconde bajo un párpado lívido, con el corazón que se me sale del pecho, observo hacia el patio. Nada; nadie… Voime al fondo del calabozo y en minutos dejo implume el ridículo cuerpo del ave hermosa. Desde esta tarde, poco a poco, botaré las plumas, mojándolas, ocultas, en el fondo de la horrura…

Mi estómago se contrae. Aquella carne blanca, tibia, surcada de venas azules y salpicada de puntitos rosa… Con las uñas, con los dientes, secciono las alas, los muslos; arráncole los intestinos, la limpio lo mejor que puedo, devoro en crudo todo lo comible del animalito y lo que oculto, para arrojarlo fuera del calabozo, es una piltrafa, un colgajo de piel correosa que no se puede deglutir…

Al otro día, comí lo restante.