Un prestigio que se va

€ 2,99

Categories: ,

Venezuela, 1897. El presidente Joaquín Crespo designa a Ignacio Andrade como su sucesor en las elecciones presidenciales, quien termina ganando las elecciones. Su oponente, José Manuel “El Mocho” Hernández, cuestiona los resultados y se alza contra el gobierno. Crespo muere en la Batalla de Mata Carmelera y Hernández pasa el resto de su vida en la cárcel y en el exilio.

El alzamiento de Hernández y todos los acontecimientos que lo rodearon fueron fundamentales en la historia de Venezuela. Limpiaron la mesa para el primer régimen estable, aunque dictatorial, de Venezuela – que duraría más de 35 años – eliminando muchos de los restos militares de la generación de la guerra civil.

En “Un prestigio que se va”, el general Antonio Paredes, testigo ocular y oficial militar en las batallas que rodearon este episodio, comparte su relato personal y sus quejas con “El Mocho”, así como las respuestas de Hernández. Su estilo caballeroso de espadachín se burla de la burbuja de prestigio que Hernández construyó.

La edición actual de "Un prestigio que se va" está basada en la edición original publicada en Caracas en 1899. Cada vez que fue apropiado, agregamos notas de pie y actualizamos la ortografía al español moderno. Sin embargo, mantuvimos intacto el estilo del autor y del tiempo. Modernizamos la portada, la tipografía y el diseño para aumentar la legibilidad.
También agregamos una breve historia de Venezuela en el siglo XIX, para dar contexto.

III

Cuando el General Andrade se encargó del Poder, encontró que la deuda de la Nación ha- bía crecido desmedidamente durante la Administración anterior; no halló un sólo centavo en la Tesorería; las Rentas habían disminuido casi a la mitad a causa de la exigüidad de la última cosecha de café y de la baja del precio de este fruto, que, como es generalmente sabido, ha afectado directa o indirectamente todas nuestras industrias; y cuando parecía que el nuevo Jefe del Gobierno no tendría ni con qué pagar el Presupuesto; cuando parecía ardua la tarea de gobernar un país en aquel estado de miseria, se vio estallar una revolución que había sido engendrada por los errores del Jefe que hasta entonces había presidido el país, según lo demostramos en nuestros dos últimos artículos, y se vio al General Andrade vencerla sin recurrir a ninguna especie de violencias ni apelar a los extremos a que habían apelado otros de nuestros mandatarios en casos menos graves.

Cuando el país empezaba a reponerse de los quebrantos ocasionados por aquella guerra, vimos que un mal ciudadano traicionando la confianza que el General Andrade había depositado en él, la encendió de nuevo, aguijado por la ambición, y que, cuando se vio perdido, huyó como un miserable á ocultar su vergüenza en suelo extraño.

Todavía no hace dos meses que otro ambicioso, sin tener tampoco una sola razón que justificara su proceder, se lanzó en armas contra el Gobierno, y a la llegada de la fuerzas constitucionales al lejano teatro de la guerra, se le ha visto replegar acobardado; se ha visto que las hordas que lo seguían sólo comparables por su indisciplina y crueldad a las de Boves, han empezado a dispersarse; y pronto se verá también que el Gobierno someterá a aquel mal hijo de Venezuela, o que éste tendrá que apelar a la fuga para librarse del castigo que ha merecido.

En medio de tantos contratiempos el General Andrade no ha perdido un momento su serenidad y ha seguido el camino que su inteligencia y patriotismo le han señalado como el mejor para librar a Venezuela de la ruina en que parecen estar empeñados en sumirla los ambiciosos que le disputan el Poder. No ha contratado empréstitos; no ha hecho contratos onerosos a la Nación; ha pagado religiosamente el Presupuesto a pesar de los enormes gastos ocasionados por la guerra y de la exigüidad del producto de las Rentas; ha dictado medidas políticas de alta trascendencia que los pueblos reclamaban; y haciendo gala de una magnanimidad no acostumbrada antes por ninguno de nuestros mandatarios, devolvió la libertad al General José Manuel Hernández y a todos los que habían colaborado en la Revolución que éste acaudilló, sin hacerlos sufrir el castigo a que se habían hecho acreedores.

Hernández, sin cuidarse de que el país necesita de calma para restablecerse de los hondos quebrantos ocasionadas por él y los otros ambiciosos que después han movido guerra, inició inmediatamente una propaganda con el sólo objeto de crearse aura y obstaculizar la marcha del Gobierno; no comprende que la ciudadanía ansía vivir tranquila para recuperar por medio del trabajo, el bienestar que le han arrebatado las revoluciones, ni ve que aquella ya no cree en sus ofrecimientos ni en los de los otros majaderos que tratan de engañarla para que les sirva de escalón.

El general venezolano Antonio Paredes fue fusilado a las orillas del Orinoco el 15 de febrero de 1907. Organizó lo que podría considerarse la última resistencia militar contra el régimen de Cipriano Castro, que se impuso a partir de 1899. Considerado a menudo como el último vestigio de las guerras venezolanas del siglo XIX, su estilo de escritura desenfadado y caballeresco es un placer de leer a pesar de las dificultades que soporta.